lunes, 28 de junio de 2021

Ovidio: Metamorfosis

[Esta entrada fue publicada originalmente en enero de 2016 en otro de mis blogs]


Durante este semestre, hemos estado leyendo Las Metamorfosis de Ovidio en la facultad. No sería de extrañar que incluso al público no familiarizado con la literatura le suene, al menos, el título, pues es una de las obras clásicas más conocidas y su trascendencia es intachable: su contenido ha inspirado a pintores, escultores y poetas de todas las épocas. No es para menos: Las metamorfosis contiene la narración encadenada de más de doscientos mitos de tradición oriental y grecorromana, como el de Apolo y Dafne, Eco y Narciso, el Rey Midas, Perseo y Gorgona Medusa, Aracne, Dédalo e Ícaro, Orfeo, Proserpina... El único rasgo común entre todos ellos es el de acabar en una transformación provocada por unos omnipresentes dioses que se encolerizan, se apiadan, apuestan y sienten celos. A modo de reseña, voy a destacar algunos de mis pasajes favoritos en los que, pese a tratarse de una versión traducida, Ovidio demuestra a la vez todo su potencial poético y narrativo.



El enamoramiento de Narciso: la persecución de lo imposible

           Narciso era un atractivo joven muy atractivo que desdeñaba toda compañía, ya sea femenina o masculina. Eco, una ninfa de los bosques castigada por Juno a poder decir sólo las últimas palabras que oye, se enamoró de él. Fue rechazada y murió devastada por su triste pasión, quedando de ella sólo su voz: el eco. Tras un día de caza, Narciso encontró un lugar ideal donde refrescarse: una apacible charca totalmente transparente. Al acercarse para beber, Narciso sintió por vez primera el flachazo del amor, sin comprender al principio que la persona que veía en la charca era su propio reflejo. 

        «Se desea a sí mismo sin saberlo, elogiando se elogia, cortejando se corteja, y a la vez que enciende, arde. ¡Cuántas veces dio vanos besos a la fuente engañadora! ¡Cuántas veces sumergió sus brazos para agarrar el cuello que veía en medio de las aguas y no consiguió cogerse en ellas! No sabe que es lo que ve, pero lo que ve le quema, y la misma ilusión que engaña sus ojos, los excita. Crédulo, ¿para qué intentas en vano atrapar fugitivas imágenes? Lo que buscas, no existe; lo que amas, apártate y lo perderás. Esa sombra que estás viendo es el reflejo de tu imagen. (...) ¡Ese soy yo! Me he dado cuenta; mi reflejo no me engaña más. ardo en amores de mí mismo; yo provoco las llamas que sufro. ¿Qué hago? ¿De cortejado o de cortejador? ¿Y cómo lo voy a cortejar? Lo que ansío está en mi; la riqueza me ha hecho pobre. Deseo inaudito de un enamorado, quisiera que lo que amo estuviera lejos.» (Ovidio, Met III. Traducción de Fernando Navarro).


 
                                           Waterhouse: Eco y Narciso.




 Otras representaciones pictóricas: desde el Barroco al surrealismo de vanguardia.

             
       Quedó consumido por una pasión insaciable, que convirtió su cuerpo en una flor de narciso.


Filemón y Baucis: la importancia de la generosidad

    Una fría tarde, los dioses Júpiter y Mercurio tomaron forma de mortales y bajaron a tierra. Llegaron a una aldea cuando comenzó a diluviar y decidieron solicitar hospedaje llamando a la puerta de las viviendas que encontraban. Nadie les abrió ni les dejó entrar, sólo una humilde pareja de ancianos que se presentaron como Filemón y Baucis. Los ocultos dioses quedaron conmovidos por la pobreza de la pareja y por el hecho de que estuvieran dispuestos a sacrificar su último ganso para ofrecer una cena a sus invitados. Los dioses se descubrieron y llevaron a Filemón y Baucis a una colina desde la cual pudieron contemplar cómo todo el pueblo se inundaba, a excepción de su destartalada vivieda, que quedó convertida en un majestuoso templo de altas columnas.

   «Entonces el Saturnio dijo así con voz amable: "Decid, justo anciano y mujer digna de su justo esposo, qué es lo que deseáis". Filemón habló brevemente con Baucis y luego expuso a los dioses la decisión común de ambos: "Ser los sacerdotes y guardianes de vuestro templo, eso pedimos; y puesto que hemos pasado juntos nuestras vidas, que la misma hora nos lleve a los dos; y que jamás vea yo la tumba de mi esposa ni tenga ella que enterrarme a mí". Sus deseos se vieron realizados; fueron ellos la custodia del templo mientras se les concedió vida. Achacosos y viejos se encontraban un día ante la sagrada escalinata contando la historia de ese lugar, cuando vio Baucis que a Filemón le salían hojas y el viejo Filemón que le salían a Baucis. Ya una copa crecía entre ambos rostros y todavía se cruzaban palabras mientras aún podían, y al mismo tiempo se dijeron los dos "adiós, mi amor" y al mismo tiempo el ramaje cubrió y ocultó sus labios. Todavía los nativos de Bitinia enseñan allí unos troncos vecinos, nacidos de sus dos cuerpos.» (Ovidio, Met VIII. Traducción de Fernando Navarro).



Representaciones de dos escenas del mito


El rapto de Prosérpina: el origen de las estaciones


        Ceres, la diosa de la agricultura, tenía una joven hija llamada Prosérpina. Plutón, el rey del Hades, se enamoró de ella por una flecha disparada Cupido, la divinidad más poderosa, pues capaz de subyugar al mismo soberno de inframundo. Plutón salió a tierra en su carro y, nada más encontrar a la inocente Prosérpina recogiendo lirios con los compañeras en una floresta, la llevó, secuestrada, al infierno. Su madre Ceres, con suma tristeza, la buscó por todo el mundo hasta encontrar entre las hierbas el cinturón que su hija estaba decorando con las flores que recogía justo antes de su desaparición. Ceres comprendió entonces lo que había pasado y, encolerizada, detuvo el crecimiento de los frutos y los cultivos del mundo, sin saber aún quién se había llevado a su querida hija.

     «En cuanto lo reconoció, como si entonces se enterara por fin de su rapto, se mesó la diosa sus despeinados cabellos y se golpeó los pechos una y otra vez con las manos (...) Por eso con mano cruel rompió allí los arados que revuelven los terrones y en su cólera dio pareja muerte a los labradores y a los bueyes de labor, ordenó a los campos no germinar la simiente depositada y malogró las semillas. La fertilidad de aquella tierra, celebrada por el ancho mundo, decae y resulta falsa».  (Ovidio, Met V. Traducción de Fernando Navarro).

       La divinidad de una charca, que había sido testigo del secuestro, salvó los cultivos de los campesinos al revelar a Ceres el paradero de Prosérpina. Ceres rogó a Júpiter una intervención sobre su hermano Plutón para que lo convenciera y devolviera a Prosérpina junto a su madre. Júpiter accedió a regañadientes, pero las leyes del infierno son siempre funestas: era imprescindible que Prosérpina no hubiera probado bocado en el inframundo para poder regresar y ya era tarde. Prosérpina había comido una granada, por lo que nunca más podría ser totalmente libre. Aunque podía salir, siempre quedaría ligada al infierno. A partir de entonces, Prosérpina pasa medio año en el cielo con su madre y seis meses con su marido, Plutón, en el Hades. Durante el tiempo que Ceres queda sóla, entristece tanto que su energía no es suficiente para sostener los frutos del mundo: sucede entonces el otoño y, tras él, un invierno que sólo dura hasta la fecha en la cual Prosérpina vuelve con su madre. Es entonces cuando comienza una nueva primavera.

   


     «Entonces Júpiter, mediando entre su hermano y su afligida hermana, divide el curso del año en dos mitades; ahora la diosa, divinidad común a dos reinos, está con su madre seis meses, otros tantos con su esposo. Al punto cambia la expresión de su alma y de su rostro, pues la frente de la diosa que ha poco podía parecer triste incluso a Dis [Plutón], está ahora alegre, tal como el sol, que antes estaba cubierto de nubes de lluvia, sale victorioso de entre los nubarrones».  (Ovidio, Met V. Traducción de Fernando Navarro).

  
   Escultura de Bernini que ilustra el mito


           Las obras de arte expuestas en esta entrada para ilustrar las narraciones son solo unos ejemplos de las miles de pinturas y esculturas que los artistas de todos los tiempos han concebido inspirándose en Las Metamorfosis de Ovidio. No sólo en el arte: su contenido también está muy presente en el ideario colectivo. Por ejemplo, la historia de Filemón y Baucis y, sobre todo, la de Deucalión y Pirra guardan concomitancias con la leyenda bíblica del diluvio universal y con las figuras de Adán y Eva. Esto demuestra que en la literatura mitológica no se compone de compartimentos estancos, sino que procede de un tradición común que los pueblos occidentales hemos estado alimentando a lo largo de los siglos, hasta crear un fabuloso escenario moralizante en el que todas las debilidades humanas se ven examinadas. Esto influyó notoriamente en la suerte de esta obra en el transcurso de los siglos y es la explicación de que Las metamorfosis haya llegado íntegra a nuestra época a pesar de ser una obra truculenta que narra decenas de violaciones y que explora las pulsiones más oscuras del hombre, como el amor que Biblis siente hacia su hermano, los ocultos actos sexuales de Mirra con su padre o el episodio en el que Tereo se come a su hijo descuartizado y cocinado por su esposa como producto de una venganza. Las ediciones monásticas de Las metamorfosis incluían comentarios que dotaban a cada mito de una moraleja acorde con el ideario cristiano. Llegado el Renacimiento, los personajes que desfilan en los versos de esta obra protagonizaron la producción de los célebres artistas italianos. Durante el siglo XIX, los pintores prerrafaelitas como Waterhouse volvieron a tomar de la inagotable inspiración clásica para plasmar escenarios míticos, alejados de la negra polución de la industrialización y de las banalidades del progreso. Hoy, la recepción de la literatura clásica sigue siendo igual de inagotable: en páginas como Pinterest, podemos encontrar obras de artistas digitales que retratan la magia de Circe o el ardid de Ariadna y los clásicos inspiran, incluso, capítulos y cómics de Los Simpson.